Migrar y empezar de nuevo: un estudio revela mayores niveles de soledad entre la población migrante

Vie, 09/10/2026

La migración puede suponer un proceso marcadamente difícil para las personas. Hablar cada día con la familia, mantener el contacto con los amigos y seguir conectado con el lugar del que uno procede no significa necesariamente dejar de sentirse solo. Migrar implica también reconstruir parte de la vida cotidiana: crear nuevos vínculos, encontrar espacios de pertenencia y volver a sentir que se forma parte de una comunidad.

Andrés Pemau, profesor de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Salud de CEF.- UDIMA, pone cifras a esa realidad en su investigación. El estudio, una revisión sistemática y metaanálisis, permite concluir que las personas migrantes de primera generación presentan, en conjunto, mayores niveles de soledad que las no migrantes.

El trabajo, firmado también por otros investigadores de distintas universidades madrileñas ha analizado la literatura científica disponible para responder a una pregunta aparentemente sencilla, pero con importantes implicaciones: ¿existen diferencias en la experiencia de soledad entre quienes han migrado y quienes no lo han hecho?

“Encontramos que, de forma consistente en la literatura y entre distintos países, las personas migrantes reportan niveles más elevados de soledad que la población autóctona, independientemente de sus características demográficas», explica. 

El resultado señala un problema que trasciende la distancia física respecto al lugar de origen: “La migración podría generar barreras de filiación y arraigo muy marcadas, lo que pone de manifiesto la necesidad de ofrecer una atención específica a este problema”. 

Más de 258.000 personas detrás del resultado

Para llegar a estas conclusiones, se ha realizado una  revisión sistemática siguiendo las directrices PRISMA 2020, donde se buscaron estudios en PsycINFO, PubMed, Scopus y Web of Science. De los 2.196 registros identificados inicialmente, 40 estudios fueron incluidos en la revisión sistemática y 30 pudieron incorporarse al metaanálisis. Estos últimos reunían una muestra conjunta de 258.387 participantes, de los cuales el 18,6 % eran migrantes.

Tras el análisis, se encontró una asociación estadísticamente significativa entre migración y soledad, con mayores niveles entre las personas migrantes. Sin embargo, los resultados mostraron también una elevada variabilidad entre los estudios, una cuestión esencial para interpretar correctamente el hallazgo.

Porque detrás de la palabra migrante caben realidades extraordinariamente diferentes.

“Los datos reflejan que existen matices cruciales: el impacto de la migración podría variar enormemente según las causas (como un conflicto frente a una oportunidad laboral) o la distancia cultural. Esta diversidad imposibilita tratar a la población migrante como un bloque único y deja ver la complejidad de este fenómeno”

Para poder comparar investigaciones realizadas en contextos muy diferentes, los autores utilizaron una definición amplia de migración. Sin embargo, debido a las limitaciones de los estudios disponibles, el metaanálisis se centró en personas que habían vivido directamente un proceso migratorio, dejando abierta la necesidad de profundizar en futuras investigaciones en las experiencias de las siguientes generaciones.

Estar conectado no siempre significa sentirse acompañado

La soledad no equivale necesariamente a estar físicamente solo. Puede aparecer incluso cuando permanecen los vínculos afectivos y el contacto con el lugar de origen.

Las nuevas tecnologías permiten mantener conversaciones diarias, realizar videollamadas o participar a distancia en la vida familiar. Esos vínculos pueden proporcionar un apoyo valioso, pero no siempre bastan para compensar la ausencia de una estructura social cercana. Con el paso del tiempo, las relaciones que se construyen en el lugar de acogida adquieren especial importancia, entre otras razones porque determinadas formas de apoyo cotidiano requieren proximidad física.

Pemau lo resume con un ejemplo sencillo:

“El contacto digital es valioso, pero tiene límites claros. Por un lado, existen formas de apoyo social indispensables que exigen presencia física, por ejemplo, el cuidado de niños”.

Pero hay una segunda parte. Sentirse solo después de migrar no depende únicamente de haber dejado lejos a familiares o amigos.

“La soledad no surge únicamente de la falta de afectos a distancia, sino de las barreras sociales y económicas en el día a día del país de llegada”.

La literatura analizada apunta hacia esa combinación de factores. La transformación de las redes sociales puede coincidir con barreras lingüísticas, discriminación, dificultades para construir un sentimiento de pertenencia o situaciones de vulnerabilidad socioeconómica.

La soledad, por tanto, no depende únicamente de los vínculos que se dejan atrás, sino también de las oportunidades que se encuentran para construir otros nuevos.

“La migración podría transformar las estructuras sociales preexistentes. Por otra parte, planteamos que las desigualdades socioeconómicas podrían desempeñar un rol crucial, lo que nos indica que la soledad no depende únicamente del hecho migratorio, sino también de las circunstancias de vulnerabilidad en el entorno de acogida”, explica el profesor de CEF.- UDIMA.

Migrar no significa necesariamente estar solo

La complejidad de estas experiencias obliga a evitar una conclusión demasiado sencilla: el estudio no demuestra que migrar provoque soledad.

Lo que permite afirmar es que existe una diferencia sostenida entre los niveles de soledad de ambos grupos. Las circunstancias que rodean cada proceso migratorio, sin embargo, pueden ser muy diferentes.

“Afirmar que la migración provoca soledad sería una simplificación. Por la metodología de nuestro estudio, podemos confirmar la existencia de una diferencia sostenida en los niveles de soledad entre personas migrantes y no migrantes, pero no establecer una causalidad directa”

“Las circunstancias del proceso migratorio y la realidad del país de llegada sin duda influyen, pero la literatura científica muestra tal heterogeneidad que debemos ser prudentes a la hora de categorizar cómo afecta cada variable”

La investigación invita así a mirar más allá del hecho migratorio y prestar atención a las condiciones concretas en las que cada persona intenta reconstruir su vida.

De la integración administrativa a sentirse parte de una comunidad

Los resultados abren finalmente una cuestión que va más allá de medir la soledad: qué significa realmente integrar a una persona en una sociedad.

Tener resueltos los aspectos administrativos de una nueva vida no implica necesariamente haber construido una red de apoyo, disponer de vínculos cotidianos o sentir que se pertenece al lugar al que se ha llegado. Y es precisamente ahí donde Pemau considera que las conclusiones de la investigación deberían servir como llamada de atención.

“Este estudio debe servir como una llamada de atención sobre la vulnerabilidad emocional de quienes dejan su lugar de origen. La evidencia que aportamos es lo suficientemente robusta como para exigir que no ignoremos este fenómeno”.

Para los investigadores, comprender mejor las experiencias de soledad asociadas a la migración resulta fundamental para diseñar políticas públicas que favorezcan el bienestar y la integración social. Aunque todavía es necesario profundizar en las causas y en las diferencias entre perfiles migratorios, los resultados señalan la importancia de prestar atención a los vínculos comunitarios y a las oportunidades reales de participación.

Y para Pemau, esa integración debe ir más allá de lo formal:

“Aunque necesitamos más investigaciones que nos ayuden a precisar las causas y afinar las soluciones según el perfil de cada persona, es imprescindible que las instituciones pongan el foco en favorecer redes comunitarias de apoyo que garanticen una inclusión social plena y no solo formal”.