¿Por qué algunos universitarios prefieren hablar de su salud mental con una IA antes que con un profesional?

Sáb, 10/10/2026

¿Por qué puede resultar más fácil contarle un problema de salud mental a una Inteligencia Artificial que a un profesional? La respuesta podría tener menos que ver con la intensidad del malestar de lo que cabría pensar y más con todo lo que ocurre antes de atreverse a pedir ayuda.

En el Día Mundial de la Salud Mental, esta pregunta adquiere una relevancia especial. Hablar de salud mental implica también hablar de aquello que todavía impide hacerlo: la vergüenza, el miedo a ser juzgado, la dificultad para reconocer que existe un problema o, simplemente, no saber dónde acudir. Y en ese espacio, entre sentir que algo no va bien y decidir pedir ayuda profesional, ha aparecido un nuevo interlocutor: la Inteligencia Artificial.

Una investigación en la que ha participado María del Sequeros Pedroso Chaparro, profesora de CEF.- UDIMA, junto a Ariadna De la Vega Castelo y Jorge Leocadio Baño, de la Universidad Rey Juan Carlos, ha analizado precisamente esas barreras, comparando a estudiantes universitarios que acuden a un profesional con quienes recurren a la IA y quienes no solicitan ayuda. Los resultados apuntan a que la gravedad del malestar no explica por sí sola qué camino se elige: hay otras barreras que pueden pesar en esa decisión.

La pregunta surgió de una realidad que los investigadores ya observaban a su alrededor.

“Desde nuestro entorno cotidiano y en nuestra labor docente, observamos cómo las herramientas de Inteligencia Artificial se han consolidado como una fuente frecuente de consulta e información, algo que también ocurre en el ámbito de la salud mental”, explica Pedroso.

La investigadora insiste en que el propósito no es presentar la tecnología como un enemigo. La IA puede ofrecer ventajas relacionadas con la accesibilidad, la información o la psicoeducación. La preocupación aparece cuando deja de ser un complemento y se convierte en sustituto de la atención profesional.

“Con nuestro trabajo no buscamos criminalizar la tecnología, sino investigar si ciertas barreras comunicativas o personales están llevando a algunos estudiantes a consultar a la IA en lugar de acudir a los servicios sanitarios correspondientes.”

El malestar no siempre basta para pedir ayuda

La investigación se realizó sobre una muestra de 299 estudiantes de la Universidad Rey Juan Carlos mediante una encuesta. Para estudiar específicamente qué determina la fuente a la que se recurre cuando existe un posible problema de salud mental, los investigadores analizaron posteriormente a 205 participantes que habían manifestado al menos cierto grado de problema durante el último año. 

Uno de los resultados resulta especialmente revelador: los niveles de malestar psicológico, incluidos los síntomas de ansiedad y depresión, no fueron significativos a la hora de diferenciar entre las distintas formas de buscar ayuda, pese a haber sido controlados en el análisis. Otros factores adquirieron mayor relevancia. 

“Los datos sugieren que presentar un mayor malestar psicológico no determina por sí solo que el estudiante acuda a un profesional”. 

¿Qué puede interponerse entonces entre experimentar ese malestar y pedir ayuda? Los resultados apuntan hacia factores como la conciencia sobre el propio problema, la información disponible sobre los recursos de salud mental, el autoestigma y la dificultad para hablar de cuestiones personales. 

“Un estudiante puede sentir un malestar elevado y, aun así, no dar el paso de pedir ayuda si persisten ideas como “debería resolverlo por mí mismo” o si desconoce a qué recurso acudir.”

La propia investigadora introduce, no obstante, un matiz fundamental: se trata de un estudio transversal y, por tanto, los resultados muestran asociaciones y no permiten establecer relaciones causales. Los autores señalan además limitaciones relacionadas con el tamaño de la muestra y su composición, mayoritariamente femenina. 

Cuando hablar con una máquina parece más fácil

Entre los estudiantes que recurrieron a la IA en lugar de a un profesional aparecen asociados una menor conciencia del problema, una información insuficiente sobre los recursos disponibles, un mayor autoestigma y una mayor dificultad para comunicar problemas personales. 

Y es precisamente aquí donde la Inteligencia Artificial puede ofrecer algo que, para una persona que siente vergüenza o teme ser juzgada, resulta especialmente atractivo.

“La IA ofrece un entorno percibido como anónimo, inmediato y libre de evaluación interpersonal, lo que puede reducir el malestar inicial que siente una persona a la que le cuesta expresar sus problemas personales.”

La vergüenza, explica la investigadora, funciona como una emoción social relacionada con el temor a recibir un juicio negativo de los demás. Una conversación con una máquina puede eliminar inicialmente esa fricción. Pero que resulte más sencillo hablar no significa que la respuesta que se recibe pueda equipararse a la de un profesional.

“Aunque la tecnología facilite un primer desahogo sin la fricción del estigma, debemos recordar que no posee la capacidad de ofrecer un tratamiento psicológico especializado ni una evaluación clínica rigurosa.”

De ahí surge también uno de los desafíos que plantea la investigación: conseguir que las personas que necesitan ayuda perciban la consulta profesional como un espacio seguro y confidencial, en lugar de encontrar esa sensación de seguridad únicamente detrás de una pantalla.

La IA puede ayudar, pero no sustituir

La frontera que plantea la docente no pasa por rechazar la Inteligencia Artificial, sino por diferenciar claramente para qué puede utilizarse y qué responsabilidades no debería asumir.

Puede servir, explica, para facilitar información sanitaria, orientar hacia recursos oficiales o colaborar en determinadas tareas de cribado. El propio estudio aborda las posibilidades que ofrecen estas tecnologías dentro del ámbito de la salud mental, al mismo tiempo que recoge los riesgos y desafíos asociados a su utilización. 

“La clave está en distinguir entre el uso de la IA como un recurso complementario de información y su empleo como un sustituto de la terapia o el diagnóstico profesional.”

Y en ese segundo escenario la profesora es tajante:

“No debemos esperar que una IA asuma el papel de un psicólogo o psiquiatra: carece de juicio clínico, empatía real y formación especializada para intervenir ante problemas de salud mental complejos.”

La preocupación aumenta cuando una persona convierte estas herramientas en su principal espacio para abordar su malestar y, como consecuencia, deja de buscar atención especializada. En palabras de la docente, «el riesgo es mayúsculo».

“En el escenario más favorable, la IA puede no agravar directamente los síntomas, pero generará una falsa sensación de contención que retrasará la llegada a la consulta profesional.”

Pedroso advierte además de que, en situaciones de especial vulnerabilidad, las consecuencias pueden ser mucho más serias. La docente recuerda en este sentido las noticias aparecidas en medios de comunicación sobre desenlaces trágicos tras interacciones relacionadas con la salud mental con sistemas de IA.

Saber que la ayuda existe también importa

Hay otra barrera menos visible que aparece en los resultados: no saber dónde acudir.

La percepción de disponer de información insuficiente sobre los recursos de salud mental se relacionó tanto con no solicitar ayuda como con recurrir a la IA en lugar de a un profesional. Para los investigadores, esto sitúa parte del problema en la alfabetización en salud mental y en la capacidad de identificar información y recursos fiables. 

“No basta con que existan servicios de atención; es fundamental que los estudiantes aprendan a reconocer sus propias necesidades y sepan qué recursos existen y cómo acceder a ellos.”

Por eso, las conclusiones del trabajo apuntan también hacia la necesidad de mejorar la alfabetización mediática y digital, combatir el estigma, fomentar el pensamiento crítico y facilitar información clara sobre recursos de atención. El estudio plantea estas actuaciones como herramientas para favorecer que quienes experimentan un problema de salud mental puedan acudir a fuentes adecuadas. 

Para la profesora, universidades, profesionales y medios de comunicación comparten además una responsabilidad: hacer que hablar de salud mental resulte más fácil.

“Es necesario trabajar en la toma de conciencia del problema y en la desmitificación de la atención psicológica, promoviendo que pedir ayuda se perciba como una decisión de autocuidado y no como un signo de debilidad.”

Pedir ayuda no es una debilidad

En el Día Mundial de la Salud Mental, los resultados plantean así una cuestión que va más allá del debate sobre la Inteligencia Artificial. Si una persona encuentra más sencillo contarle lo que le ocurre a una máquina que hacerlo ante otra persona, quizá la pregunta no sea únicamente qué puede hacer la tecnología, sino qué barreras siguen existiendo para pedir ayuda profesional.

Autoestigma, vergüenza, dificultad para abrirse, desconocimiento de los recursos disponibles. El estudio señala precisamente esos espacios como ámbitos sobre los que actuar para evitar que el malestar termine viviéndose en silencio o que la búsqueda de respuestas sustituya el acceso a una atención profesional adecuada. 

Para quienes puedan reconocerse en esa situación, la investigadora aconseja:

“Experimentar malestar psicológico durante la etapa universitaria es algo mucho más común de lo que se suele visibilizar y no tiene por qué afrontarlo en soledad . Aunque consultar a una IA pueda parecer un paso cómodo o inmediato, no sustituye el acompañamiento que puede brindarle un profesional de la salud mental.”

“Pedir ayuda especializada no es una muestra de debilidad ni algo de lo que avergonzarse; es un paso valioso para comprender lo que sucede y adquirir herramientas efectivas que le permitan mejorar su bienestar presente y futuro.”

 

Dónde pedir ayuda

Para quienes necesiten apoyo, desde CEF.- UDIMA recordamos la existencia de recursos gratuitos como el 024, dirigido a la atención de personas con conducta suicida y su entorno, y el 112 ante una situación de emergencia.