Con múltiples ejemplos y material físico, la profesora Lucía Rodríguez Lorenzo impartió recientemente el ciclo Aprender a crear espacios inclusivos en aulas ordinarias y espacios naturales. En un espacio simulado de inclusión similar al Rincón de Educación Infantil, la maestra de Educación Infantil y Primaria trasladó en tres sesiones algunas claves para dotar de autonomía al alumnado con necesidades especiales en diferentes contextos de aprendizaje.
Rodríguez Lorenzo posee un Máster en Atención Temprana, es docente en el Máster Universitario en Educación Inclusiva y Personalizada de la Facultad de Ciencias de la Educación e investigadora especializada en educación inclusiva, neurodesarrollo y atención a la diversidad.
Con este ciclo acercó a los futuros profesionales del sector algunas de las principales técnicas empleadas para que el alumnado con estas necesidades y otras dificultades supere las barreras de aprendizaje en el aula, en el hogar y en entornos naturales. El objetivo es claro: que los pequeños y pequeñas perciban su entorno como un espacio seguro que les permita ir ganando autonomía para integrarse, como uno más, en el proceso de aprendizaje de su vida.
En la primera sesión del ciclo (Aulas que incluyen. Estrategias de adaptación para entornos educativos), la maestra explicó desde un espacio similar cómo se puede transformar el aula ordinaria (Infantil o Primaria) en un entorno inclusivo para todo el alumnado. Porque adaptar un aula es especialmente útil para aquellos con trastornos del neurodesarrollo, pero "también ayuda a los alumnos normotípicos".
El enfoque de enseñanza estructurada con apoyo visual (TEACCH) ayuda a aquellos con TDAH o TEA, pero sirve para todos, subrayó Rodríguez Lorenzo, porque "está demostrado que recibimos mejor la información de esta manera, más organizada, secuenciada y visualmente". Bien aplicada, la técnica previene "conductas disruptivas" derivadas del malestar o la inseguridad que siente el menor en el entorno escolar.
Mediante pictogramas, cronogramas y una clara delimitación de espacios y tiempos, el alumnado aprende a anticipar, comprender y regular su conducta, percibiendo el aula como un entorno "seguro y predecible" que permite "evitar la sobrecarga emocional". En situaciones de desregulación ("momento volcán"), el "Rincón de la calma" —que "no debe ser un castigo"— actúa como espacio de autorregulación con apoyos sensoriales.
Otras técnicas como el análisis funcional de la conducta (ABA) pueden detectar las situaciones que desencadenan esas desregulaciones, para entender al menor y anticiparse. Además, con la 'economía de fichas' se motiva y mantiene al menor en conductas positivas (con "premios significativos, objetivos claros y tiempos definidos").
Frente a algunas críticas, explicaba Rodríguez Lorenzo, los beneficios de esta estrategia son múltiples, al ir retirando progresivamente las ayudas visuales y el modelo (guiando de la mano al menor), y luego añadir el refuerzo positivo de las fichas: "Aumenta la autonomía, reduce la ansiedad ante las tareas, mejora la atención y permanencia en ellas, y facilita los sistemas de rotación claros" entre actividades.
En la segunda sesión del ciclo (Hogares que acompañan. Adaptaciones inclusivas en el entorno familiar), la experta abordó la atención temprana como pilar de la inclusión. Este modelo —dirigido a los primeros seis años para prevenir o reducir dificultades físicas, sociales o educativas— ha evolucionado hacia una mirada integral que incluye el entorno familiar, clave porque es donde el menor "más horas pasa, más vínculo hay y por tanto donde más herramientas hay que dotar".
La intervención domiciliaria parte de una entrevista para observar de forma "estructurada y libre" la dinámica familiar, sus normas y relaciones. A partir de ahí, se definen prioridades y objetivos a medio y largo plazo, diseñando actuaciones centradas en capacidades y recursos —no en limitaciones— para "empoderar" a las familias y reconocer su esfuerzo.
El acompañamiento resulta esencial: "Muchas están perdidas ante el diagnóstico", afrontan un proceso de "luto" y "no saben cómo recibir ayuda para que su hijo/a sea más autónomo". Por ello, se proponen actividades y juegos (sensoriales, motores, cognitivos, de AVD o comunicación) con metas "concretas, medibles, alcanzables y temporales", como mejorar la relación entre hermanos.
Las tareas de autonomía (vestimenta, domésticas, regulación emocional) se introducen de forma guiada y evaluada, apoyadas en técnicas como TEACCH y la economía de fichas, que aportan estructura y seguridad, generando "esa calma que en muchos hogares no existe" hasta que cuentan con herramientas para "navegar solos". La conclusión es clara: "Ayudar a las familias es posible y realmente hay avances".
La última sesión del ciclo (Entornos naturales para todos. Inclusión y adaptación en entornos naturales y comunitarios) puso el foco en intervenir donde el menor vive y se desarrolla (vecindario, colegio, parque o actividades cotidianas). Actuar en estos espacios genera aprendizajes más significativos y reales, y fortalece las competencias de los progenitores.
"Al estimular todas las áreas de la persona se interviene de manera más positiva que sólo en la clínica de AT", afirmó la profesora, subrayando la necesidad de acompañar a las familias en contextos como los cumpleaños, las actividades extraescolares o incluso ir a la peluquería.
En estos escenarios se afronta uno de los principales retos: la exclusión social. "Me encuentro niños excluidos de los cumpleaños de sus propios compañeros. Esto implica tristeza, culpa... y no sólo en la familia, sino en el propio niño: le genera rechazo, baja autoestima... cuando empieza a ser consciente de que es diferente y no sabe cómo pertenecer al grupo. Es muy real y muy común", relató la ponente.
Para prevenir ese aislamiento y responder al estigma ("a veces se les señala como niños mal educados o sin límites") es imprescindible dotar a la familia de herramientas que faciliten la pertenencia y la convivencia. Con pictogramas, planificación y anticipación (explicándoles qué va a suceder), los menores desarrollan habilidades socioemocionales, comunicación funcional y asertiva, respeto de turnos y tiempos de espera, así como tolerancia a esa frustración ante estímulos habituales (ruidos, olores o esperas).
Acompañar en estos entornos naturales favorece el "empoderamiento" del núcleo familiar, "la figura más responsable del desarrollo global del niño", subrayó Rodríguez Lorenzo. Disminuye la culpa, aumenta la seguridad y refuerza su capacidad de intervención de los padres, quienes mejor conocen al menor y, por tanto, "los mejores para intervenir". "Con trabajo, dedicación y tiempo se puede hacer".